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Para reavivar el vínculo con la recordación, es necesario algo que rompa la inercia de piedra y nos permita purificarnos del veneno del tiempo, de la sombra con que esa ausencia cubre la luz de nuestro día.
Así, Cartas para Miguel de Melvina Orozco es un acto de fuerza pictórica: creación de un espacio marginal, geografía a la que nos imanta un hombre varado en el pasado y hacia donde concurre la artista desligada de cualquier presente. Lounge atemporal para contemplarse en silencio o para alcoholizarse en un grito, andar desnudo sobre una sonrisa o fundir el filamento de la tristeza; para encontrar la ternura en los ojos de una niña que también es hermana y ángel nocturno. No hay forma de no ser sincero aquí: se trata de un ajuste de cuentas. Los objetos anquilosados que conformaban la evocación –epístolas, besos, fotografías, palabras musitadas en días olvidados–, se energizan con la imagen del presente, con la pronunciación de un nuevo “aquí me soy” del que remite, para fundar frescos nudos en la memoria.

Misivas visuales, donde la figura se impone como elemento principal, comunicación corporal, lenguaje de silencio y músculo, que en su potencia da más que la palabra; ahí el color, armónico o en fugas disonantes, es la curva senoidal de la memoria y del amor; la textura nos confronta, no se diluye en un parpadeo si no que permanece en el ojo, espesa, disgregante, como el amanecer de domingo o un deseo perverso en esa misma mañana. Cada cuadro, una nueva misiva llena de experiencia pasada o de buenas y ansias nuevas, entronque del instante y la forma que permanece en el espectador.
Es Cartas para Miguel un proceso catártico, pacto de amor que es saldado con eficacia plástica por Melvina Orozco, sin caducidad ni matasellos postal.
1 comentario:
Esas imagenes tan chidas...
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